Valiente

Hay días en los que descubres que cosas que pensabas que existían, no existen. Y otros en los que averiguas que lo que imaginabas que era una invención, es una sólida evidencia en alguna parte. Eso me ha ocurrido con los baobabs, que mi trabajada ignorancia sobre la flora y fauna había atribuido a las fantasías del principito. Pero no, habitan en Magadascar, algunos desde hace 3.000 años. Así que se me acumulan los destinos pendientes, porque también estoy deseando que cuaje un inverosímil viaje al frío. Ya lo sé, invento mudanzas porque me cuesta encontrar en lo cotidiano un territorio que esté lejos de la tristeza. Hay varias conspiraciones en marcha para evitar que me sacuda la melancolía: los hallazgos inesperados, las llamadas perdidas, esa peli que no consigo ver, las decepciones que provoco (cada día pesan más), el insistente insomnio. Sólo me había puesto una meta importante este noviembre pálido: no preocupar a los que me importan. Porque ser valiente, lo leí una vez, es no asustar a los demás. Y me enfado porque no me sale.